Nancy Goodman

Decía el dramaturgo irlandés Geroge Bernard Shaw, que el mayor problema de la comunicación es la ilusión de que ésta haya existido. Problema que se agrava cuando movidos por esa “ilusión” interpretamos a nuestro antojo lo que el otro ha querido decir o suponemos una intención en lo omitido.  Imaginamos  cómo los  otros  piensan y sienten en base a cómo pensamos y sentimos nosotros, y eso es  porque se nos olvida que no vemos el mundo como es, lo vemos como somos.


El lenguaje es una forma de representar nuestro mapa, por eso toda comunicación es parcial. Tenemos que ser conscientes de que no todas las palabras  tienen el mismo significado para todas las personas y poner atención también en  lo que decimos si queremos que nuestra comunicación sea realmente efectiva.

A veces damos por sentado que el receptor nos va a entender y acortamos el mensaje por comodidad,  o utilizamos expresiones que para nosotros tienen sentido pero no para los demás. Esto solía pasarme con mi abogado, al que yo siempre le animaba a escribir un diccionario  personal para  que sus clientes pudiéramos entenderle.  En una ocasión, justo antes de entrar  en la sala donde yo tenía un juicio, me espetó: “tú como Cayetana”. Me pasé el juicio intentando imitar a la Duquesa de Alba, sin saber muy bien cómo se hacía eso, y al salir del juicio le pregunté: “¿Qué tal he estado? Y me dijo: “Genial. Igual que la Guillén Cuervo”.

Cuando no estamos seguros de haber entendido bien, preferimos suponer a preguntar, lo que puede llevarnos a  terribles malentendidos. A veces matizar las palabras del de enfrente puede ahorrarnos graves problemas. Como ocurre en este  sketch del programa humorístico “Splunge”  . https://www.youtube.com/watch?v=D1giqAzlaCk

¿Reaccionamos a la realidad o a lo que suponemos de ella?

Hacemos conjeturas y llegamos a conclusiones que damos por ciertas en base a supuestos indicios en las actuaciones de los demás, y  la mayoría de las veces ni siquiera somos conscientes de ello. Como en este cuento de Tony De Mello.: En la sección de alimentación de un supermercado se encontraba una mujer inclinada, mientras escogía unos tomates. En aquel momento sintió un agudo dolor en la espalda, se quedó inmóvil y lanzó un chillido. Otra clienta, que se encontraba muy cerca, se inclinó sobre ella con gesto de complicidad y le dijo: Si cree usted que los tomates están caros, aguarde a ver el precio del pescado…”

 De Mello explica muy bien el círculo vicioso en el que nos enredamos  cuando presuponemos al otro: “Las suposiciones afectan a la observación. La observación engendra convencimiento. El convencimiento produce experiencia. La experiencia crea comportamiento, el cual, a su vez, confirma las suposiciones”.

Lo que podría explicarse también a través de lo que Yuval Noah Harari llama, en su libro “Sapiens”, el “sistema caótico nivel 2”.  Este caos es el que reacciona a las predicciones sobre él, y por tanto la predicción no se cumple. Al contrario que el caos de nivel 1 en el que las predicciones no inciden en su resultado, como pueden ser en la predicción meteorológica. Pero en la política, o  incluso  en el  tráfico, por ejemplo, la predicción de determinada tendencia puede variar el comportamiento final de los conductores. Si la DGT  anuncia que el domingo circularán 2 millones de coches, está previsión puede variar el comportamiento de los conductores y hacer que la previsión no se cumpla.

En este sentido funcionan como las suposiciones. Cuando interpretamos acciones de los demás que pueden ser un descuido como si fueran deliberadamente hostiles hacia nosotros, estamos suponiendo algo que cambiará nuestra actitud hacia estas personas, lo que moverá a su vez  a los otros a comportarse de forma poco amigable con nosotros. En definitiva, lo que esperamos de cualquier persona o situación determina nuestra actitud hacia ellas, devolviéndonos, como si fuera un espejo, nuestra propia actitud. Así que, “piensa bien y acertarás”,  es tan verdad como “piensa mal y acertarás”.

Deberíamos aseguraros siempre  si hemos entendido correctamente lo que el otro ha querido decir. Nos da miedo preguntar  y preferimos sospechar la verdad a confirmarla. Y si no, que cada uno elija que  prefiere ver reflejado en el espejo.

 

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